sábado, 17 de junio de 2017

Texto de lástima por la muerte de Iván Fandiño



Provechito, número 52, nacido en marzo de 2013. Si fuera un humano, tendría cuatro años, con toda la carga de vulnerabilidad que conlleva la infancia de los hombres. Pero era un toro. Nuestras vidas corren paralelas, con distintos ritmos de crecimiento para siempre. En esos cuatro años, Provechito cogió arrobas y fiereza, mientras que sus pitones se alargaron, prestos para un ataque apoyado por toda la musculatura del tren trasero. El animal sin consciencia se funde en un horizonte negro para nosotros. Fandiño, justo en otra carretera al costado de eso, corre también su vida, que comprende uno de los apogeos más furiosos en la historia de la tauromaquia: de ser el torero del pueblo y el militar outsider más enconado contra las mafias internas del toreo, a vivir en la especulación de los olvidados y caídos en desgracia. Tremendamente tenso siempre, orgulloso, libre.

La última vez que lo vi con vida, ambos estábamos en situaciones harto surreales: en un McDonald´s de Medellín a la hora del almuerzo. Precisamente eso lo definía. Era, entonces y ahora, un hombre que tampoco renunció a la sencillez del pueblo. Ya había anunciado su encerrona en Madrid con seis toros de ganaderías de respeto, y yo pensaba al verlo en lo increíble que era ver en una silla de plástico al mortal más valeroso de toda la tierra, pues no hay acto de valentía, de hombría y desprecio a la muerte más grande que anunciarse en Madrid con seis hierros de tanto respeto como los de aquella vez. El solo cartel ya genera todo espanto. De ser en mi caso, incluso dos meses antes del hecho, no sería capaz de sostener una hamburguesa, sucumbiendo a las premoniciones y miedos.




Llegó el día de la encerrona, en la que se guardó un minuto de silencio por las víctimas del accidente aéreo de Germanwings, siniestro provocado por un copiloto suicida. Pero lo del torero no es un suicidio, es decir, no es un acto suicida. Salir a enfrentar con honor al toro de lidia, teniendo de presente todos los riesgos posibles, no es un acto suicida. Es otra cosa. No puedo explicar el porqué. En todo caso,  ninguno de esos seis toros en Madrid era el elegido para que nos echáramos a temblar y se nos congelara el ánimo al saber de la muerte de Fandiño. Dos años después, saldría al ruedo de Aire-Sur- l'Adour ese Provechito.

Al momento de iniciar el quite a ese toro, Fandiño ya había perdido la gracia de gran parte de la afición, dentro de los que me incluyo. Su lucha contra el sistema se había fracturado tras el fracaso de la encerrona en Madrid, trazando una línea de caída que termina justo en el momento en el que tropieza con la capa y es atacado mortalmente por Provechito. Duele escribirlo con exactitud, pero lo cierto es que compone una parte importante de la multiplicidad de factores que resultan en su muerte. Cuando Fandiño era levantado por el asta del toro, atravesado en un pulmón con la fuerza de la bestia más hermosa del mundo, en realidad caía uno de los últimos y grandes, valientes héroes de nuestras vidas.

En promedio, vemos unas 100 corridas al año. Absorbemos en la era digital una enorme cantidad de historia taurómaca, anestesiándonos con el tiempo a las emociones más sencillas, al volverse cotidianas. Olvidamos el tremendo mérito de levantar una tela, pesada como un hijo, mientras contra ti viene corriendo esa bella bestia de media tonelada coronada de púas. Corre para matarte, porque su programación genética está configurada para eso o para pacer en el campo. Ambos son los destinos del animal. El de Fandiño era ser libre y valiente, como un testimonio que siempre quería enseñarnos.

Perdón por no entenderlo a tiempo, Iván.

Y perdón también por tanto obtuso que celebra tu muerte, mientras nos acusan de impiedad y sadismo al mismo tiempo. Son una curiosa forma de infantilismo moral, digna de asco y compasión en partes iguales. Provechito fue bravo y también cayó en la arena rodeado de honores antes de irse a la muerte. Y siempre vemos eso totalmente recogidos. El toreo es el único acto de hiperrealidad que sobrevive en la tierra. El único rito real de un occidente que observa por las pantallas de televisión la serie de indignaciones cotidianas que lo van a liberar de sus propias miserias, las enfermedades, las deudas y las faltas de sentido. El toreo es la cosa más profunda y sagrada en nuestras vidas y tú diste la vida por ella, como Joselito o Manolete, como el Espartero o Victor Barrio.

Faltará tiempo para hablar de todo: de aquella Beneficencia en la que ganaste mil enemigos por no brindarle una faena al Rey. De tu amor por Colombia, por Antioquia y su plaza. De las faenas a Grosella y Podador, tu forma de matar poniendo el cabo de la espada en el pecho, como los grandes. Del sobrero de Juan Bernardo en Bogotá y la amistad, rota y vuelta a componer, con David Mora. De la emoción en la mañana justo antes de tu encerrona, cuando en la explanada de Las Ventas se reunió una peña peruana y una sueca, y se entendieron. De la estocada a Rapiñador, que describí como un salto cretense. Del dolor de tu apoderado, al que un día insulté en Facebook y ahora siento como un hermano con el que jamás hablaré.

Nosotros, los taurinos, volveremos luego a la serie de refriegas retóricas que componen nuestra suerte. El sistema que muchas veces te vetó, que quiso absorberte y luego destruirte, seguirá en pie, con sus aparatos de prensa, sus historiadores y periodistas, todos hablando de lo malos que somos.

De la mierda plural echada por sociedad antitaurina y sistema taurino, siempre quisiste apartarte.


Fandiño, oreja y herido grave from Plaza de Toros de Las Ventas on Vimeo.






Read More

lunes, 6 de febrero de 2017

Foto: Fiesta del Toro

Al caer el quinto de la tarde, el vareado y bravo Greñudo, se habían desplomado todas las tesis de la tortura. Muchos de nosotros estábamos ya al límite de lo posible, totalmente rotos ante uno de los mejores encierros en la historia de la plaza, combativo y digno como nunca lo será ningún torturado del mundo. En esa iluminación, el aficionado que ocupó poco menos que medio aforo de la plaza no podía sino estar hecho añicos. Porque, fundamentalmente, el toreo también supone una suerte de desgaste emocional, un arder del espíritu, una paliza para el cuerpo emocionado, lleno de una luz inexplicable. De pie estábamos con las manos rotas de aplaudir, hinchadas o con hematomas y con la voz ida de gritar, de vitorear a Mondoñedo y a los toreros, fuere de oro o plata.

Es decir, con el espíritu totalmente agotado, sin un "más allá" posible ante la rotundidad de un encierro con cinco toros ovacionados en el arrastre, con las emociones de la lidia pura y el toreo del XIX, nueve varas aplaudidas a rabiar, listos para recibir al sexto tranquilamente, sin la pretensión, insistamos, de ninguna historia más allá de lo vivído con Greñudo y su alma encastada, con su revolverse como fiera furiosa en la muleta de un valiente, su forma de comerse al caballo y pedir más banderillas ante seis capotes desplegados, su forma de tragarse la muerte pese a tener dos estocadas adentro, momento culmen del festejo en cuando a dimensión religiosa de la bravura.

Pero salió Tocayito.



Plantada la pezuña en la arena, obnubilando con su estampa a la afición más entendida del continente,  Tocayito remató en el burladero de matadores arrancando de un cuajo la tapa superior del tablero y poniendo en pie de inmediato al personal. El derrote había retumbado en toda la plaza, con un sonido de fiereza emocionante. Entonces, hablo por mí, no sé de dónde salió esa fuerza, ese fuego para seguir aplaudiendo sin dolor con las manos totalmente rotas, ese gritar con una voz que había vuelto, locos ante la bravura en varas del toro más completo de la temporada colombiana. Vi prácticamente toda la lidia del sexto de pie, remontado no ya en una ola de emoción sino casi de religión pura, al borde de las lágrimas. El cinqueño, hocico adelante con honor, acudió alegre en varas y metió riñones sinceramente, comiéndose entero un largo puyazo de Clovis Velásquez en medio de la ovación unánime y la protesta con cuatro pitos de los menos entendidos, minoría absoluta en una plaza que daba gloria de ver en dicho día por su gravedad.

Y es que se estaban ovacionando tercios de varas en la gran fiesta americana, la misma que pasa como castiza ante su par europea. Se le gritó tres veces "torero" a un lidiador que no ligó una sola serie pero peleó de tú a tú con un reservón y poderoso cuarto, resucitando las tauromaquias más añejas. Y es que se reivindicaron con carteles y gritos las tauromaquias más ortodoxas en el mediodía de un continente que pasa como plebeyo, festivo, ignorante de los significados rituales. Los gritos de "¡Mondoñedo, Mondoñedo!", explicaron con suficiencia cómo es que América sí puede albergar una fiesta culta, que trae de los campos  sus animales más fieros y presentados para oponerlos a los lidiadores más capaces.

Salimos de la plaza totalmente llenos de luz tras esperar cinco años para vivir nuevamente la corrida identitaria de una afición capitalina, cuyos elementos más fanáticos giran en torno a Mondoñedo y la Santamaría.



Vayamos, por fin, a los elementos taurómacos de la corrida.

Menos de media plaza en tarde con vientos helados para un completo encierro de Mondoñedo, con cinco ovaciones en el arrastre, dos ovaciones de salida, 10 puyazos, un derribo, dos batacazos de latiguillo y el indulto número 27 en la historia del coso. La terna, compuesta por Rafaelillo (confirmación), José Garrido (confirmación) y Paco Perlaza, plantó cara con honor un encierro complejo y vibrante, con tres toros bravísimos: Embajador, Greñudo y Tocayito, salidos en segundo, quinto y sexto lugar, respectivamente.


Rafelillo, cabeza de cartel y confirmante a la vez, ofició como director de lidia de una forma que ya hemos anotado como inolvidable. Estuvo al frente en todos los tercios de varas, arreando a la caballería cuyos desatinos de brida fueron el lunar de una tarde casi perfecta. Del mismo modo, dirigió cuatro veces la brega de los toros de sus compañeros en el complejo segundo tercio, cuyos pares no habrían sido posibles sin la dirección del murciano.

En la muleta ofreció ya un recital de sinceridad, exponiendo la dificultad de su lote mas sin voltear la cara nunca. La faena a su segundo, el gran Canciller, logró conmocionar a toda la Santamaría pese a contar con la imposibilidad de ligar. Cruzado siempre en el sitio donde arden los pies, sin rehuir a las coladas de un toro cortante, Rafaelillo puso bocabajo al coso tutelar de Colombia y oyó durante la faena dos veces los gritos de "¡Torero, torero!" por una actuación donde la épica del valor se materializó de forma impresionante. Era torear sin siquiera haber presentado la muleta. Era exponer las lidias más antiguas, la emoción del unipase correcto, profundo, con sitio de valiente. En especial un derechazo y un natural de vuelos desmayados cobraron los olés más fuertes de lo que iba de la temporada capitalina, puesto que contuvieron una pureza que recordó a su faena madrileña al Injuriado de Miura. Lo mismo en la capa y su abrirse con doblones en el primero, lo de Rafaelillo fue una bocanada de toreo antiguo en un país que nunca vivió la tauromaquia del siglo XIX.


Pongamos de presente, por ejemplo, solo un hecho para explicar su tarde: al bronco y fiero primero lo mató en los medios de la plaza, con los peones armados de capa y listos para la carrera desde los burladeros. Tragar así, en un sitio donde pesa tanto el toro de Bogotá, es suficiente para argumentar a favor del derroche de valor de Rafaelillo.

Al irse por su propio pie al final de la corrida, la afición capitalina volvió a vitorearlo. Se fue con una oreja de peso en honor a su labor en conjunto toda la tarde, luego de lidiar el lote más áspero del festejo y de arrear a sus propios compañeros con un desinterés de maestro. ¡Qué lidiador! ¡Qué conocedor de un encaste que jamás había lidiado en América! ¡Qué forma de entrar a nuestra plaza!


José Garrido en cambio estuvo en la tensión contraria a Rafaelillo, desplegando el toreo moderno y ligado en contraposición a la lidia a pitón contrario del maestro. Esto, en todo caso, la lidia de Garrido, fue una elegante refutación a los toreros españoles que se niegan a lidiar Mondoñedo, asegurando a su vez que es una ganadería imposible para torear "bien". El extremeño se hartó de ligar toda la tarde el lote más potable del encierro, con Embajador y Tocayito, dos toros cuajados y completísimos en los tres tercios.


Al igual que sus compañeros, Garrido se dobló en la capa con su lote para romper la furiosa bravura con la que salían los Contreras. También, al igual que el resto de la terna, empezó su primera faena con doblones toreros y la segunda con estatuarios mandones. Sin embargo, el castigo no templó al lote más de lo que los mismos toros quisieron. Tal era su poder.
Discreto con la mano izquierda, por la derecha fundamentó un par de faenas protagonizadas por la ligazón mencionada y el cargar la suerte con pureza, momento en el que la plaza le chillaba más. En realidad fue una sorpresa grata verle plantar cara a los Mondoñedo, tras la dudas en la capa con Embajador. Finalmente, logró conquistar a la plaza con el indulto, largo como su faena, cosa de la que ya hablaremos más adelante. En su primero logró armar un motín en la plaza tras la no concesión de una segunda oreja, perdida por el fallo en la colocación de la espada y un presidente dignamente serio en la Santamaría.

(Vídeo del indulto de Tocayito aquí)


 ¿Qué decir de Paco Perlaza? En realidad debo tener un arranque de sinceridad y ponderar su tarde como una en la que el lidiador valiente le ganó al torero bullidor de otras plazas. En dicho sentido, fue un tapabocas. Motilón, el tercero y fiero de la tarde, lo vapuleó en una voltereta que dejó fría a toda la Santamaría. Acto seguido de quedar en el suelo y no poderse levantar, agarra la muleta y pega una serie enganchada pero emocionante que puso en pie a la plaza, que seguía atónita por la voltereta. Era el valor y el honor del toreo colombiano, la raza invencible ahí puesta en medio de una tarde señalada.


A su segundo, Greñudo, un toro con entidad de Baltasar, alto y el mejor armado del festejo, Perlaza le plantó cara con argumento suficientes para salir decoroso de la lidia. Más allá de cualquier valoración, del cambiado por la espalda y lo que sucedió por el pitón izquierdo, el sainete con el mete y saca y el consecutivo espadazo delantero, es necesario explicar que Perlaza hizo lo suficiente para lucir la bravura de su lote y no naufragó en una tarde donde la casta luminosa de los astados y la lidia y torería de sus compañeros hubiera avasallado a cualquiera.


Arriba había dicho que la corrida de Mondoñedo echaba por tierra todas las tesis de la tortura. Con su poder, con su mística bravura, con la forma como los animales iban explicando que un torturado jamás va a tumbar dos veces un caballo, o a hacer respirar frío a miles de personas con un ataque frontal, empujado por la furia más hermosa del mundo. Porque un torturado no puede defenderse, inerme y humillado, mientras los toros de Mondoñedo atacaron toda la tarde a una terna dignísima y valiente, en medio de nuestra conmoción. Es verdad.

Salido el sexto de la tarde, Tocayito, la plaza ya era un clamor y se vitoreaba el nombre de Mondoñedo. En cuanto rompió el tablero, o se enfrontiló al picador para meter riñones en la seria vara con que se le agredió sin vencerlo, el toro tuvo de su lado el favor de la Santamaría, atenta a su persecución en banderillas, su emplazamiento, encampanado y bello con los pitones acucharados y la lámina sucia de pelearse en corrales y sacudir la arena del coso. Ya en la muleta, sacado con estatuarios emocionantes, Tocayito fue una máquina de embestir. Tuvo una vibración inolvidable, una forma de transmitir que enloqueció a la plaza y nos hizo ver toda su faena de pie, saltando como los mexicanos que vieron a Manolete, nosotros con lágrimas en los ojos y ellos con el peso de una bella historia. Era eso, historia, lo que estaba haciendo Tocayito, al convertirse en el primer toro indultado en la Santamaría tras la reapertura del coso.

Indultado tras angustiante pedido, cerré los ojos para secarme y oía a la plaza rugir de una forma que me electrizó totalmente. Era un olé furioso, de resistencia, de furia contra la agresión y el odio, un olé de gloria por la fiesta, por nuestra identidad taurina y capitalina, siempre en devoción hacia esta casa ganadera que tanto le ha dado a la fiesta colombiana con una dignidad más allá de los abusos de las figuras, las exigencias pueriles o las burlas por no llenar la plaza, como si la multitud reemplazara la gloria de ver un Mondoñedo en el caballo hacer sonar el peto hasta la última de las 24 filas de la plaza.

Fue, sin duda, un corridón de toros hechos y derechos, serios en sus matices, complicados y con transmisión suficiente.

En un punto, la plaza rugió con fuerza gritando "¡Mondoñedo, Mondoñedo!", mientras el ganadero, don Gonzalo Sanz de Santamaría, se secaba las lágrimas, acaso recordando a su padre, por el que los seis toros de ayer embistieron, defendiendo el honor de una afición perseguida sin cuartel. Una defensa que ha hecho de su bravura una religión para nosotros.

Nunca el toreo en Bogotá fue tan grande.

Fotos: Fiesta del Toro










¡Viva la Santamaría de Bogotá!

Read More

martes, 24 de enero de 2017

Fotos: Fiesta del Toro
Esta crónica inicia al revés.

Cuando salía de la plaza, escoltado por policías humillados desde el inicio de la tarde, no podía dejar de pensar en el texto que Alfredo Molano hizo para resaltar la fecunda historia de los toros en Bogotá.

De allí puede leerse algo:

"Veinte días después del grito de Independencia, el 20 de julio de 1810, se celebró la primera corrida republicana. Antonio Nariño, gran aficionado, fue elegido presidente y con tal motivo hubo toros. Lo mismo cuando Bolívar se hizo cargo de las fuerzas rebeldes en 1815. El Libertador era, según el cronista inglés Robert Proctor, “sumamente aficionado a las corridas de toros”. El 22 de enero en Bogotá se corrieron toros de los hacendados sabaneros con toreros de a pie. Durante el régimen del terror de Pablo Morillo (1816-1819) la “inmolación de reses bravas fue sustituida casi totalmente por la matanza de patriotas".

A las 3:00 de la tarde del domingo, rodeadas de gas lacrimógeno, repletadas de bombas aturdidoras, la turba de antitaurinos empezaba a arremeter contra los aficionados que ascendían a la plaza por la Carrera Séptima. Escupidos, apedreados, insultados hasta la médula, bañados con orina, con residuos de animales muertos, con pintura roja, con el griterío de la ira, los taurinos avanzaban sin responderlas agresiones; del otro lado, al fin estaban ellos, luciendo cuchillos para hurtar celulares, quemar sombreros, escupir niños aterrorizados, listos para herir y gritar con un odio que no era humano, con una estulticia que no era distinguible, desfigurados, con las mandíbulas abiertas y los ojos entrecerrados, brutos, hechos de basura, porque "los antitaurinos son hechos exactamente de lo que acusan a quienes califican de violentos, fascistas y torturadores", como bien dice Molano en otro texto.

Había empezado, esperemos que todavía a niveles simbólicos, aquella "matanza de patriotas" que interrumpió la tradición taurina de Bogotá en el siglo XIX.



De otro lado, con una ira en el límite de la violencia, la gran mayoría de antitaurinos presentó plantón en la Séptima sin otra consecuencia que la mansalva de insultos. A eso le llamaron una "protesta pacífica", y hay que comprarles la idea.

Ascender a la plaza y llegar, más que estar a salvo de una chusma iracunda, hinchaba el corazón de una alegría inexplicable. Los aficionados heridos pasaban los torniquetes de acceso, entre la ropa manchada con goterones de sangre y la felicidad de estar nuevamente en el templo. Cinco años de desidia tocaban fin a las 3:30 de la tarde, cuando el olé más grande silenció el piterío lejano de la convocatoria animalista.

       

Todos los daños y agresiones habían sido rehechos para convertirse en estar ahí, sentados en una plaza embellecida hasta los límites, con un cielo despejado y un sol de oro, ovacionando a los severos alguaciles y al mismo Molano, que entregaba la llave del toril a paso desenfadado, gafas oscuras y camisas blancas como sus zapatillas deportivas. Luego, Libertad, la sagrada sangre del animal apareciendo para romper el tabú de la muerte, del coraje, del honor, enfureciendo a las bestias animalistas, siempre abajo del toro, que huían y volvían en los lapsos de los estruendos de las bombas aturdidoras, con una valentía de mentiras que solo se ensañó con mujeres, niños y personas de la tercera edad. Eramos más dignos que ellos.

Habían vuelto los toros a Bogotá.


La corrida, cuyo contenido taurino fue sobrepasado por el sentimental, dejó de presente que la ganadería Ernesto Gutiérrez es capaz de sacar toros con pitones de respeto. Los seis animales, salvo el juagado sexto y el acucharado cuarto, tuvieron entidad de Santa Coloma y cuajo, respecto a lo que esta misma casa manizalita saca en otras ciudades del país. Si bien comparativamente en la temporada bogotana saldrán toros infinitamente más grandes, mi sensación es que Miguel Gutiérrez le cumplió a Bogotá.

La terna, integrada por El Juli, Luis Bolívar y Roca Rey (quien confirmó la alternativa), se las vio con un encierro dulzón y boyante, sin ningún toro auténticamente bravo, aunque ofreciendo lo que los modernos llaman "matices", por decir cualquier cosa.



El Juli, cabeza de cartel, ídolo de esta plaza en la que ha figurado consecutivamente desde su alternativa, tuvo una tarde de lote estrellado e irresolución, mas sin embargo con detalles tan apreciables como su lidia y la dirección de la misma en los toros ajenos. Debo destacar su manejo de la capa, ante todo en los delantales sobrios rematados con larga fusionada con chicuelina de su segundo, y la serie de doblones con las que sacó a los medios a su primero, un toro con nervio que se revolvía y cuyo carbón se volvió pronto en arreón débil. El Juli hizo medias faenas, pues del límite del toro hasta el final se opuso el matador a poner más argumentos que dejar ver las dificultades del lote. Mató en ambos de prescindible 'julipié' dejando una estocada contraria y otra caída con derrame, no sin antes preceder la última con un pinchazo señalado abajo y dos golpes de cruceta. Su quehacer derivó en muletazos apreciables y de figura recta, ajeno a las contorsiones lumbares que en ocasiones expone en otras plazas. Sorprendió, incluso con intentos de naturales de frente y semidefrente en el sitio de la verdad. No sería honesto si no señalara que esta haya sido quizá su mejor actuación en la Santamaría en años, pues aun sin redondear, su toreo explicó en algunos pasajes la verdad que tanto echan de menos en plazas de Europa. Es menester ver a este torero en Bogotá con otras ganaderías y más oponente.



Luis Bolívar, representante por Colombia en este festejo, se llevó el agua al gato con la combinación, feliz para algunos tendidos, de temple y toreo bullicioso. Sin embargo, su labor se vio empañada por el desprendimiento del trasteo y la falta de sitio. En todo caso, supo sostener las tensiones del tendido y logró momentos de gran valor en un honesto inicio de rodillas en la muleta con su primero, toro al que le cortó una oreja con una estocada caída un dedo. En su segundo, ya con la parroquia más a su favor, con un poco más de colocación, terminó cuidando a un animal sin fondo hasta hacerse pesado con la espada. A sus toros los recibió con largas de rodillas

Roca Rey, esa revolución americana que echó por tierra los proyectos de marketing de otros países del continente, tuvo el honor de lidiar al primer toro de la Libertad, astado que de salida partió plaza, ocasionando gran alborozo en la afición entendida, que luego prodigó al torero con los clásicos silencios de la Santamaría. Finalmente realizó su quite de saltilleras encadenadas con caleserinas, revoleras y brionesas, que practica en todas las plazas que pisa y en todos los toros que lidia. Su trasteo de muleta, ya con la plaza en un puño tras la sobreexposición de capa, fue la inversión del Juli: de menos a más, medias faenas que empezaban desde la segunda mitad, siempre en el tercio con el toro casi rajado pero aún boyante. Roca Rey es tan variado en la muleta como en la capa, puesto que en sus series un muletazo no se parece en absoluto a otro. Es decir, lo más cohesionado de su tarde, además de la apabullante capa, fue una serie de luquesinas o de naturales con ambas manos de perfil y en el tercio, con el que calentó a la parroquia, no tan impresionable con los inesperados cambiados por la espalda como con el aguante. Tras pinchazo señalado abajo, en su segundo Roca Rey se quitó de en medio al toro con una estocada caída pero de efectos inmediatos, cortando las primeras dos orejas en la nueva historia de la plaza.

Sin duda, este torero es uno de los señalados. Su desprecio por su propia vida, el interminable arrojo, la inesperada locura de sus series, improvisadas en caliente, dejan ver un torero de cualidades que conectan de inmediato con el tendido. Sin embargo, necesita saber templar con mayor suficiencia.



Como había expresado arriba, sería desproporcionado juzgar la totalidad de este festejo por su contenido estrictamente taurómaco. En esta ocasión el contenido sentimental terminó imponiendo su corriente.

Rodeados por el ruido de un helicóptero y las detonaciones en los exteriores, los ojos descubrían nuevamente la magia del rito más poderoso del mundo, en el que bravos y valientes se baten haciendo bella la muerte. En un Estado liberal como el nuestro, la Constitución protege esta expresión cultural. Salimos de la plaza para ser nuevamente agredidos, infinitamente señalados por dedos estúpidos, que ignoraban la elevación de espíritu que supuso volver a nuestra plaza, a nuestro rito, a nuestra comunidad, a la Santamaría, esa llama que nunca se apagará y que no puede ser golpeada por piedras, manchada por escupitajos ni ofendida con gritos, pues es inmortal como la Fiesta misma.

 




Read More

sábado, 14 de enero de 2017

Entrada sentimental por el regreso de las corridas a Bogotá


Foto: Amparo Jacdedt

Ironizado, feliz, brutal, exagerado, retorcido hasta el máximo en la mitad de una olla a presión en mi cabeza, en la sociedad, en la vida del país, el regreso de las corridas de toros a Bogotá está a la vuelta de la esquina, al final de un periodo de tiempo que jamás pareció tener fin, tras cinco años de abusiva prohibición desde aquel 19 de febrero de 2012, fecha maldita en la que los aficionados que llenamos la plaza capitalina salimos luego con el seguro presentimiento de no regresar pronto. Es allí que empieza un dulce hundimiento de la plaza, un agotarse de sus ladrillos amados, enmohecidos por la dejadez, la polución expulsada,  la fachada que empezaba a ceder ante la gravedad y la desaparición del museo, embalado en cajas con medio siglo de historia, ahora desaparecidas.

La plaza seguía resistiendo, frágil y sucia, como un símbolo de nuestra propia lucha por llevarla de nuevo al centro el toreo en América.

Cinco años pasaron desde entonces. Tres sentencias de la Corte, una huelga de hambre, incontables debates y foros, agresiones físicas instigadas por animalistas, miles de insultos apiñados como carpetas de contabilidad sobre cien mesas, una lucha impresionante en plena modernidad por los más básicos derechos civiles y humanos, como si los taurinos fuésemos monstruos, como si no oyéramos también a The Smiths o no comiéramos pollo, como si no nos horrorizara el escándalo de turno en el prime time del amarillismo moderno, los feminicidios, las injusticias, como si fuera delito tener clara la línea que separa por siempre a hombres y animales, relativizada hoy en detrimento del hombre, en ese prime time donde pesa más la muerte de un perro que la de cien niños, no lejos de aquí.

En todo caso, el tiempo fue pasando hasta hacernos normal el no tener a la Santamaría abierta, esa gran y pequeña parte de la vida clásica bogotana, amada por sus mejores y peores ciudadanos, siempre dispuestas para la élite más estirada y los hombres más humildes, siempre así, como representación inigualable de una sociedad que también, contra todo pronóstico, sobrevivió a sí misma tras siglos de violencia.



Quizá haya que tener la suficiente valentía para resaltar lo anterior. Un país que en dos siglos no ha conocido la paz, se cree con la autoridad moral de erigir a la tauromaquia como único problema contra la violencia. Quizá esta estupidez sea suficiente para explicar la gran sombra que ha cubierto al país, donde la muerte está normalizada si es la de quien odiamos. Acabar con el toreo no implica ser capaces de tumbar esta gruesa pared, pues resulta de relativizar la vida humana en cambio de otra foránea idea: patria, pueblo, animales, virtudes heterosexuales o cualquier motivo para matar y vivir.



De una forma increíble, verdaderamente increíble para mí, la primera corrida está a una semana. Cinco años, más de mil días en un país con guerras de mil días, y el momento está a punto de llegar. Podrán insultarnos hasta acabar con la lengua, golpearnos fuertemente, cumplir su promesa de quemar con ácido a las mujeres, apedrearnos, volver a echarnos gas pimienta en medio de una huelga de hambre, odiar con tanto odio sin final, pero nada hará que dejemos de sentir este fuego sagrado, esta corriente en la espalda que se prende cada vez que un toro se emplaza, o cuando los clarines del cielo toquen al Gato Montés con unas notas que van a retumbar para siempre en mi vida.

Es cierto: vuelven los toros a Bogotá.


Read More

lunes, 15 de agosto de 2016

Los peores mitos de los antitaurinos en la red



La cosa es así: esta época de apertura informativa ha permitido la difusión de la estupidez en lugar de la acumulación de conocimientos. Las personas cada vez más se informan de breves formas que en ocasiones no sobrepasan los 10 segundos de experiencia. Esto ha permitido legitimar como verdadera cualquier información, siempre y cuando aparezca publicada en la red de forma envolvente para la experiencia del usuario. Craso error.

Celebraciones mundiales por curas de enfermedades terminales que en realidad estamos lejos de descubrir; milagrosas e indemostrables historias de perros que no comen ni duermen, a la espera ficticia de sus amos... ¿Pero qué persona con la más mínima inteligencia puede creer que el cáncer terminal se cura con bicarbonato de sodio o que un perro puede aprender a conducir un automóvil? ¡Qué importa! Si sale en la red y está viralizado, millones de personas creerán que es real. En este punto descubrimos lo gregario del pensamiento humano.

Mitos de esa laya también se extienden en las redes contra la tauromaquia. Aquí analizamos algunos.


1. El toreo ya no es PCI en Francia



Este primer mito es fascinante: que las corridas de toros fueron retiradas del Patrimonio cultural inmaterial de Francia, país que declaró a la tauromaquia como parte de su PCI en 2011. Desde luego, para aquellos que desdeñan a la tauromaquia como cultura, hecho que demuestran al rimar la palabra con el vocablo "tortura", esta era la derrota más esperada.

Para explicar el error debemos retroceder unos cinco años: la actividad humana que desea ser incluida en el PCI de cualquier país firmante de las convenciones de la UNESCO, debe demostrar su valor patrimonial y cultural mediante un estudio científico que es revisado por un grupo de expertos catedráticos en las áreas como sociología, antropología o arqueología. El jurado es definido por los ministerios de cultura de cada nación.

El toreo desde luego demostró con suficiencia ante el jurado y el Ministerio de cultura francés su carácter de cultura y patrimonio, por lo que la discusión ocasionadas por las falsas noticias de entrada ya está resuelta: no importa si un país retira o no al toreo de lista PCI, cuando en realidad desde el punto de vista de las ciencias sociales ya se ha demostrado que el toreo sí es cultura, sí es patrimonio y sí reviste un carácter inmaterial o intangible que merece protección.

Por otro lado, si el toreo ya ha sido declarado PCI, es imposible imaginar que pueda ser suprimido de la lista, puesto que el jurado ya ha fallado de forma irrevocable avalando estudios serios sobre la materia. La UNESCO en su estatuto no permite que un patrimonio declarado sea retirado de la lista. Es imposible.

Lo que se discute aún en Francia es por qué la ficha que declaró a los toros PCI en dicho país no aparece en las instalaciones del Ministerio de Cultura, es decir, un tecnicismo de procedimiento, no de fondo. La mágica desaparición de este documento representó para un juez la "abolición implícita" del toreo, cosa que desde luego no sucede en un país donde la cultura taurina aún vive como manifestación intangible del genio humano. En consecuencia, lo que los medios del mundo con una pésima traducción han difundido, es falso desde todo punto de vista: un patrimonio no puede ser eliminado del PCI y no existe ningún fallo que declare la salida de los toros de la lista en Francia. 

El filósofo francés F. Zumbiehl lo explica mejor:


La mejor forma de combatir el mito es exigir al mentiroso el número del fallo que supuestamente ordenó suprimir a la tauromaquia del PCI en Francia: sencillamente no existe.

2. El toro no ataca

                


Una de mis tonterías favoritas: el toro no ataca, es un animal que solo busca "huir" de la plaza. Para demostrarlo se valen de un vídeo taurino. Poco más que agregar que esta evidencia.

Todo muy bien, hasta que de entrada vemos que el animal del vídeo no es un toro, sino un becerro. No debemos explicar que en las distintas edades el comportamiento de los mamíferos muta. El hombre es un gran ejemplo: los bebés no suelen comportarse igual que los adultos, puesto que las conductas están íntimamente condicionadas por el desarrollo físico y mental. Por razón de ello, por ejemplo, los taurinos sabemos que un toro de cinco años es más peligroso que uno de cuatro. Mientras más edad hasta cierto pico que roza la ancianidad, más peligrosidad. Un poco como el ser humano.
¿Se imaginan que concluyeramos grandes porciones del comportamiento del hombre adulto con demostraciones basadas en vídeos de bebés? Por ejemplo, demostrar que para el ser humano es imposible pilotear aviones, concluyendo tan facunda idea con el vídeo de algún bebé inexpresivo en la silla de un piloto comercial, es una evidente tontería. Así las cosas, demostrar que el toro no embiste en la plaza, usando para tal propósito el vídeo de un becerro, explica que el antitaurinísmo se dirige a un público corto de muchas cosas.

Desde luego lo que sale en el vídeo es una forma grupal de la famosa "suerte del Tancredo", que consiste en hacerse la estatua para que el animal de lidia no perciba el cuerpo humano como una amenaza y siga de largo, ya que el movimiento siempre incita al ataque del astado. Que esto sea posible en la tauromaquia bufa o cómica (hacerse la estatua para no ser atacado), no indica en todo caso que el toro sea incapaz de atacar ferozmente, o que el truco sirva con astados de lidia cuya edad sea mayor a cuatro años.

En realidad el toro de lidia es un animal mortalmente ofensivo y poderoso:

3. Van a matar a la familia de Lorenzo

Nuestro sentimiento de pesar por la muerte de Víctor Barrio tuvo que volverse repulsión por la infame mentira que el animalismo difundió para contrarrestar las muestras de humanidad que muchos sectores sociales vertían por el fallecimiento del torero.

Más de 7,000 portales reprodujeron el que quizá sea el bulo de internet más mentiroso del siglo XXI: que existía una supuesta tradición taurina, bajo la cual se obligaba a matar toda la familia del toro que haya matado a su torero. Amparada en la leyenda de Manolete, se echó a rodar esta bola de odio, risible, no lógica, indemostrable, sentimental y lela. ¿¡Cómo van a matar a la familia de un pobre toro que solo hizo lo que hacen los animales de su raza, es decir, atacar hasta la muerte!? Inconcebible.

Es necesario aclarar que no existe ninguna tradición taurina que señale la obligatoriedad de la muerte de la reata (no familia) de un toro homicida. Por ejemplo, el ganadero no podría sacrificar el semental sin perder décadas enteras de dinero y trabajo. Lo que sucedió con Manolete, cuando el ganadero de Miura sacrificara a Islera, madre del toro Islero, debe entenderse según una circunstancia histórica especial: Manolete representó para España el resurgir de su cultura y los espectáculos de masas tras la Guerra civil que dividió al país. Su muerte fue un baldado de agua helada para una sociedad necesitada de referentes. El gesto del ganadero, brutal y sanguíneo, de mandar apuntillar a la vaca madre de Islero, solo obedece a la ira de una sociedad a mitad del siglo XX, no a una tradición taurina.

Por ende, es enfáticamente falso que se haya sacrificado a la familia del toro Lorenzo como consecuencia de la muerte de Víctor Barrio. Sobre este particular, permitamos que un medio de comunicación colombiano que cayó en la trampa se preste a hacer acto de contrición desmintiendo el bulo de redes sociales:


        

(Lista susceptible a ser ampliada)
Read More

domingo, 10 de julio de 2016

El antitoreo es mierda




A Víctor Barrio el toro Lorenzo de Los Maños le quitó la vida de una seca cornada en el costado. Aunque su cuadrilla sabía que estaba muerto al momento de levantarlo de la arena, corrieron desesperadamente para llevarlo a la enfermería. Y allí, aunque los médicos también sabían que había llegado muerto, decidieron intubarlo y practicarle maniobras de reanimación, mientras las imágenes de los banderilleros que lloraban aferrados a las tablas nos helaba la sangre. Hasta entonces, Lorenzo no significaba nada para el animalismo. No hubo campañas antes en su nombre, ni durante el rito, clamando ante las puertas del coso de Teruel su nombre. Y si hubiera muerto sin historia (para ellos), seguro hoy también estarían ignorantes de su existencia, sin ardor ni indignación. Lorenzo, perdido en el mar de correcciones e indignaciones fáciles de nuestra sociedad… Pero el toro descubrió la pierna de Víctor en una tanda donde el viento le movió la muleta, le hizo zancadilla con la cabeza y, viéndolo en el suelo, lo atravesó con su pitón de lado a lado del tronco. He pensado en ello antes de dormir: al igual que la muerte de Ana Karenina, espantosa en su física (una bella rusa triturada por el paso del tren) pero elevada en su sentido, la de Víctor Barrio tuvo cierta limpieza, libre de horror e imágenes penetrantes. Él murió para decir que estuvo jugándose su vida en cada corrida antes de llegar a Teruel, exponiendo su cuerpo, su futuro y la paz de su familia a lo peor para hacer cumplir un rito que no todos comparten ni pueden entender, profundo de sentido porque allí está la vida y la muerte de verdad. Es la única reflexión decente que puede hacerse sobre su fin, a menos que uno sea animalista o antitaurino.

Pero el animalismo cree que el estatus moral de un ser humano es igual que el de una vaca o un gato, aunque la ciencia moral demuestra justamente lo contrario, como escribió Peter Carruthers. La sociedad, esa masa acrítica que hoy privilegia la rapidez y no el esfuerzo, ha premiado ese ligero pensamiento, creyéndolo.



Anoche, antes de irme a la cama con un vacío en el pecho, veía algo de los 50.000 tuits que contenían el keyword “Víctor Barrio”, y era casi como oír la radio Hutu de Ruanda, llamando “cucarachas” a los Tutsis y diciendo que su muerte era un acto de justicia y normalidad. Estas personas en realidad celebraban con alegría la muerte del torero. Con sinceridad, estaban eufóricos porque el toro lo había corneado, hecho reproducido mundialmente por todos los medios, al saber que el rencor contra la tauromaquia haría que la noticia se volviera viral, como si el torero fuera la mayor personificación del mal en un mundo donde 60 millones de niños morirán de hambre, como denunció la Unicef.

¿Qué objeto tiene denunciar la inmoralidad de la corrida incurriendo en una inmoralidad peor? ¿Qué sentimientos oscuros revelan quienes se alegran de la muerte humana? ¿Cómo puede lamentarse la falta de piedad en el taurino mientras se hace gala de una impiedad peor, al estar dirigida contra el ser humano? Que yo sepa, el genocidio en Ruanda es un verdadero problema moral, mientras que sobre el matadero de carne no todos estamos de acuerdo.

Celebrar la muerte del torero desdice totalmente el discurso animalista. No hay elevación moral alguna en alegrarse por la muerte de un ser humano, sea por el motivo que sea, mientras se nos exigen la idea de que la vida es sagrada, incluso la animal. Por ejemplo, solo el nazismo se arrogó la facultad de decidir qué muertes humanas podrían llorarse.



 Por otro lado, es estulto formular la supuesta indefensión de un “torturado” mientras se reproducen de forma victoriosa las imágenes donde el toro mata al torero. En la historia, jamás un torturado mató a su victimario en el mismo acto donde era supliciado, porque es enfáticamente imposible. La muerte del torero es una verdad que derrumba el discurso animalista, al ofrecerlos sin el manto de pureza ética que predican al mismo tiempo que exigen, y también al hacer notar que el toro es un animal poderoso, no un pobre torturado. Muchos toreros salen prácticamente muertos del ruedo y son revividos por la ciencia médica del siglo XXI. Para no ir muy lejos, hace tres semanas a Escribano un toro le pegó una cornada que hace 20 años lo hubiera matado en cinco minutos. En perspectiva, las celebraciones del antitoreo se han reducido por el humanista avance de las ciencias médicas.

La estupidez y la hipocresía son rasgos destacados de todas las homilías de odio, incluso dirigidas con alegría contra la esposa de Víctor, sin el más mínimo rubor. Estas personas pidieron que a Lorenzo se les diera el rabo y las orejas del torero, como si el ser humano tuviera rabo (esa extremidad de la columna vertebral que perdimos hace siete cadenas evolutivas) o como si el toro pudiera o quisiera hacer algo con las orejas de un ser humano. Son comentarios totalmente estúpidos. Para estas personas, la única experiencia directa con la anatomía es el pedazo de carne en sus platos, innecesario, obtenido con la cobardía de quien no fue al matadero a ultimar mirando a los ojos al bovino de donde viene, pero que llama “asesino” al torero que sí lo hace. Otros entretanto concluyen que la muerte de Víctor “es arte”, ironizando sobre la peregrina idea de que para nosotros la muerte del toro es arte. Es cierto que estas personas jamás han tenido una tauromaquia en sus manos o que todo lo que saben de toros está filtrado por una máquina de propaganda y desinformación digna de Goebbels.



Pero el punto central es este: ¿Cómo las personas que nos exigen a los taurinos el no hacer de la muerte un acto, ven con tan buenos ojos el fallecimiento de un torero? Anselmi, que corre más rápido que la inteligencia que lo persigue, dijo que los taurinos pagamos por ver morir, y como tal, no podíamos decir nada a los antitaurinos que hacen uso de la muerte en el ruedo, esta vez del torero, para sentirse eufóricos. ¿Pero es que acaso está formulando que uno puede “alegrarse” de la muerte del otro y luego salir a la calle a caminar sintiéndose como una persona perfectamente normal? ¿Lo hacen ellos? ¿Entonces de qué nos acusan a los taurinos? Hasta el demoledor Estado americano respetó los ritos funerarios al arrojar a Bin Laden al fondo del mar desde un helicóptero, a pesar de ser la persona más odiada de lo que va del siglo XXI.

La alegría con la que celebraron la muerte de Víctor demuestra que no hay ninguna elevación moral en ser antitaurino. Que la vida humana no es un absoluto en la ideología animalista, y por tanto es una inmoralidad en sí misma. Que nos enfrentamos a gente capaz de buscar el perfil de la esposa de un torero para ponerle con risas las imágenes de la cornada, porque la moral ante la muerte no significa absolutamente nada. Mi recordado Juan Carlos Onetti decía que la vida era mierda, sin grosería, haciendo énfasis en la fisiología más primaria y baja, al comprobar que se vive en medio de una sociedad superficial y tonta, incapaz de cualquier esfuerzo de elevación más allá del piso básico. Las personas incapaces de cualquier simpatía por el humanismo, están reducidas a capas tan básicas de la fisiología como la mierda. Luego del Pozo, de las reflexiones y angustias, solo quedaba lo peor del mundo, subsistiendo para siempre en la estupidez, felonía e inhumanidad de algunas gentes: la mierda. La vida es mierda. Pero Víctor y Lorenzo le concedieron un sentido a sus vidas y muertes, algo para lo que los taurinos nos reunimos en ceremonia, sin alegrías inmorales por la específica muerte de nadie, dispuestos a ver un heroico sacrificio y no un funeral convertido en stand up comedy para las risas posmodernas.

Parafraseando, he de decir que si para algunos la vida humana no es un absoluto que debe ser respetado sobre cualquier diferencia, entonces el antitoreo es mierda.




Read More

sábado, 9 de julio de 2016



Como el año pasado, un toro de Escolar Gil decide no pasar la cebra de tránsito y volver sus pasos hasta los corrales. Su recorrido rezagado dejó varios heridos, poniendo la nota de un encierro peligroso, emocionante y sui generis. Foto: EFE



El toro devuelto:
Read More

viernes, 8 de julio de 2016


Dos toros sueltos y cinco minutos de caos en el segundo encierro de San Fermín  2016. Los toros de Cebada Gago se disgregan y ponen a prueba la pericia de los mozos, con un saldo de seis heridos graves y un ángel auxiliador. Foto: EFE.  
Read More

jueves, 7 de julio de 2016

Encierro de Fuente Ymbro en San Fermín 2016


Con un rápido y limpio encierro rompió fuegos la edición 2016 de las fiestas de San Fermín.
Foto de Reuters

Read More

Anuncios

Seguidores

Author

Mi foto
En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".